¿Por qué rezamos por nuestros difuntos?

EL CIELO. Cristo ha muerto y ha resucitado. La plenitud de su vida, llena de Espíritu Santo, de gloria y eternidad, es lo que quiere darnos a cada uno para transformarnos a semejanza suya. Por eso se ha encarnado; por eso ha sembrado la palabra; por eso ha sacrificado su vida por amor. Él ya está glorioso en el Cielo, y nos hace la promesa a todos los que creemos en Él de que estaremos de igual modo en la casa de su Padre eternamente. Mediante el don de la fe y los sacramentos recibimos esa promesa de Cristo: nuestra vocación es la santidad, ser santos a su semejanza y vivir en el Cielo para toda la eternidad. La gracia de Dios, que Él derrama abundantemente, requiere de una correspondencia y determinación del corazón de entregar la vida a Cristo, ser fieles a quien nos habla en su nombre, la Iglesia, y de luchar constantemente contra nuestros propios pecados. Es la lucha entre la gracia de Dios y el pecado, que nos acompañará hasta nuestro último aliento. Pero Cristo ha vencido ya en esa lucha: ¡seamos fieles, perseveremos, luchemos guiados y sostenidos por nuestro Dios! ¡La eternidad nos espera!

EL PURGATORIO. Cuando una persona fallece, entra a la presencia de Dios, Luz del mundo, que deja traslúcida la vida de cada persona, tal y como Él la ve, con total verdad y transparencia. Ese juicio particular —eso es de lo que hablamos— revela si el difunto está preparado para la visión beatífica de esa Luz divina del Cielo o debe purificarse todavía para ello. El alma preparada entra en la gloria del Cielo. Pero si no está preparada, permanece en el purgatorio que, además de una verdad de fe, es una obra de misericordia divina, un tiempo de purificación de los pecados. De igual modo que no podemos mirar al sol, porque nuestros ojos no están preparados, los pecados del alma hacen que nuestro corazón no pueda contemplar y amar con perfección el amor de Dios en el Cielo. Los Santos interceden por nosotros desde el Cielo; nosotros no podemos hacer nada por ellos, porque ya están en la perfección. Pero sí podemos hacer algo por las almas del purgatorio: necesitan de nuestra intercesión, en forma de oración y sacrificio.

¿SÓLO UN MERO RECUERDO? La muerte es la separación del alma y del cuerpo. Éste se consume aquí en la tierra; pero el alma es inmortal, y espera la resurrección de la carne al final de los tiempos, el día del juicio final. En el Cielo estaremos íntegros: no sólo somos alma, sino también cuerpo. Igual que Cristo, con su cuerpo glorioso, Él hará que nuestro cuerpo vuelva a la vida para siempre a su semejanza. Esta certeza de que el alma no muere hace que nuestro recuerdo de los difuntos no sea un “mero recuerdo”, sino una auténtica relación con ellos a través del gran don de Cristo que es la comunión de los santos. En Cristo, que es todopoderoso y eterno, abrazamos el pasado, el presente y el futuro; lo material y lo espiritual; lo terrenal y lo celeste. Y es en Cristo donde nuestro recuerdo de los difuntos se hace real, no sólo memoria, sino certeza de su existencia en Dios. Para un cristiano, “recordar” significa mantener en Cristo ese vínculo estrecho con el difunto, y esperar en Cristo que algún día volveremos a vernos. Cristo hace que nuestras relaciones personales con los seres queridos lleguen a una plenitud insospechada entre el Cielo y la tierra.

LA ORACIÓN POR LOS DIFUNTOS. La oración y la meditación nos permite mantener viva nuestra relación con el Señor: profundizamos sus palabras, conocemos su revelación, gozamos de su presencia, le damos gracias, le pedimos perdón, le presentamos nuestras intenciones y necesidades, le alabamos… Cuando elevamos oraciones por los difuntos, en primer lugar, damos gracias a Dios por su vida: los muchos o pocos años que alguien ha formado parte de nuestra vida. Toda vida humana es un regalo de Dios.

ORACIÓN DE INTERCESIÓN. Rezar por los difuntos es también elevar al Cielo una oración de intercesión por si les hiciera falta: nos ponemos en la presencia de Dios y le pedimos al Padre que tenga misericordia de nuestros seres queridos difuntos, perdone sus pecados y les acoja como a hijos suyos en su Reino, nuestro destino definitivo. Y se lo pedimos siempre a través del gran Abogado de nuestras vidas, aquél que ha intercedido por nosotros muriendo en la Cruz y ofreciendo al Padre su propia vida en precio de rescate por nuestra vida pecadora. Mas, en su infinita misericordia y generosidad, Cristo nos ha hecho hijos adoptivos de su mismo Padre dándonos su mismo Espíritu Santo. Además, el Señor al pie de la cruz nos dio como abogada a su Madre, que también es la nuestra. Así lo rezamos en la Salve: “abogada nuestra”. Y, vinculados a Cristo, nos une a su pueblo santo, la Iglesia, que como Madre, alimenta nuestra fe, nos santifica con los sacramentos e inflama nuestra caridad; en la hora de la muerte, la Iglesia nos acompaña y reza por nosotros.

La oración de acción de gracias e intercesión que supera a todas las demás siempre será la Santa Misa. Porque no sólo la reza una persona, sino que la celebra la Iglesia Madre, que intercede por sus hijos y administra, por mandato del Señor, la misericordia y la gracia. El sacramento de la eucaristía es sobre todo el lugar en que Dios actúa para salvarnos: Cristo vuelve a morir y a resucitar en cada eucaristía, ofreciéndose por nosotros, alcanzándonos la misericordia. De aquí viene la costumbre de ofrecer la Misa por los difuntos: es la oración más completa, que supera a todas las demás. Se suele celebrar la Misa exequial cuando un difunto fallece; unos días después, suele celebrarse el funeral; con motivo de aniversarios de fallecimiento u otras fechas, se suele ofrecer la intención de la Misa; se pueden celebrar también las Misas gregorianas durante treinta días seguidos. En nuestra parroquia, todos los primeros viernes de mes y de modo perpetuo, ofreceremos los sufragios de la Santa Misa, dando gracias y rezando por el descanso eterno de los fieles difuntos aquí enterrados.

Desde el punto de vista de la calidad, la oración más valiosa y agradable al Señor es la que se hace con fe y con sencillez de corazón, y va acompañada de unas costumbres acordes con la voluntad de Dios y sus preceptos. Esto es la vida en el Espíritu Santo, que mueve nuestros corazones para identificarnos con Cristo y ofrecernos día a día a Dios Padre como Él lo hizo. Se puede rezar para interceder por nuestros difuntos en cualquier momento y lugar, puesto que el Padre siempre nos escucha. Aquí tienes una oración, para que puedas rezarla cuando quieras, en un cementerio o en cualquier lugar.

Para rezar un responso, pulsa aquí